Amada por su
familia Blanca en sus primeros años destacó por su interés por las artes,
gustaba de recitar versos, amaba la música se destacó en solfeo y guitarra
lecciones todas que aprendió de su León Martínez y de otros maestros que
apoyaban a Martínez en su labor educativa. Su abuelo fungiría como su maestro y
guía pues la facilidad de León para obtener beneficios gubernamentales le permitía
acceder a libros provenientes de Europa combinada con la vocación innata de
enseñar y el capital intelectual que poseía aportó a su pequeña nieta todo un
bagaje intelectual que posteriormente irradiaría Blanca en sus discípulos.
León Martínez
enseñaría a Blanca sus primeras palabras. La enseñó a leer y escribir, pero además
la ilustró en artes y ciencias, en literatura y castellano. La ortografía de
Blanca era especialmente impecable.
Blanca Morón Martínez
ya de pequeña comenzaba a dibujar su vocación de educadora jugando a dictar
clases a sus muñecas de trapo moña tradicional de este poblado a quienes impartía seguramente los valores
que Don León Martínez le inculcaba a ella y a sus hermanos y fue así como
comenzó a dibujar el que fuera su más grande sueño y al que dedicaría el resto
de su vida. La educación.
Llegaba 1910, año
de los grandes temores y supersticiones para buena parte de los habitantes del
país. El paso del cometa Halley y los innumerables comentarios sobre la
destrucción del mundo o la llegada de una gran peste o sequia seria el tema
obligado en los años por venir en Paraguana. Ese mismo año en medio de la
incertidumbre y temor por el porvenir del corazón de la Maca adolescente la
muerte reclamaría a su abuelo León; a partir de este momento asumiría mantener
viva la memoria de su querido abuelo a través del legado que depositó en sus
manos. Para Maca el primer maestro de Moruy se convertiría en muchos; en cada
niño que aprendiera a leer y escribir en cada prosa y en cada verso pronunciado
por un moruyero en cada acorde que deleitara la vida de un pueblo que veía
partir a un grande que se sembraba en el corazón de sus habitantes para siempre.
En los años subsiguientes Maca vería ver morir de hambre a muchos vecinos y
familiares. Una vez superada la época de sequía y hambruna Maca decide apoyar
en la reconstrucción de su pueblo aportando lo mejor que su abuelo le había enseñado
y en 1918, a los 26 años de edad decide emprender su campaña por la enseñanza
de los niños de Moruy fundando una escuelita en el sajuan de su casa. Así
comienza a impartir las primeras letras y los primeros números. Su prédica
incluía tocar de puerta en puerta motivando a los padres a enviar a sus hijos a
la escuelita. Así, poco a poco se convertiría en la Maestra Blanca o la Maestra
Maca como cariñosamente le decían a quién impartía con esmero y amor las
primeras enseñanzas a los moruyeros.
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